jueves, 5 de febrero de 2026

EL VENENO ES DULCE, de Georges Vidal (Malinca)

Título: El veneno es dulce
Autor: Georges Vidal (1903-1964)
Título original: La nuit des hommes (1962)
Traducción: s.d.
Editor: Ediciones Malinca (Buenos Aires)
Fecha de edición: 1962-09-19
Extensión: 127 p.; 11x17,5 cm.
Serie: Colección Pandora #77
Estructura: 15 capítulos
Información sobre impresión:
Se terminó de imprimir este libro el día 19 de septiembre de 1962, en Artes Gráficas Bodoni S.A.I.C., Herrera 527, Buenos Aires.
 
Información de contracubierta:
Al llegar al lado de su Cadillac, se deslizó entre los coches que lo apretaban, entreabrió la portezuela y se sentó al volante.
“¿Habrá podido lograrlo Frédé?”, se preguntó.
Imaginó a Ingrid tirada sobre la cama, retorciéndose de dolor por efecto del veneno. Y luego, mucho después, se quedaría inmóvil y tiesa ante la muerte.
Maniobró con precaución, saliendo marcha atrás de la fila de autos. Pocos metros más adelante, Helga lo esperaba, sonriendo. Mingo la había olvidado, y al verla se irritó. “¿Qué diablos tengo que hacer con esta estúpida?” Había dejado de experimentar el menor deseo por aquella Ingrid ardiente pero falsa, cuando estaba soñando con una verdadera Ingrid bien fría. Fría como el mármol.

jueves, 29 de enero de 2026

SALOME, de José María Vargas Vila (Ramón Sopena)

Título: Salomé: novela-poema (obra inédita)
Autor: José María Vargas Vila (1860-1933)
Editor: Ramón Sopena Editor (Barcelona)
Fecha de edición: 1916
Extensión: 251, 2 p.; 11,5x18 cm.: cartoné
Serie: Biblioteca Sopena
Estructura: prólogo, capítulos sin numeración
Información sobre impresión:
Ramón Sopena, impresor y editor ; Provenza, 93 a 97.—Barcelona

martes, 20 de enero de 2026

EL GUERRERO DEL CREPUSCULO, de Eric Van Lustbader (Lidiun)

Título: El guerrero del crepúsculo
Autor: Eric Van Lustbader (1946-)
Título original: The sunset warrior (1977) \ N° 1 en la serie “El guerrero del crepúsculo”
Traducción: Roberto César Rosaspini y Héctor Raúl Pessina
Cubierta: Oscar Díaz (diseño)
Editor: Ediciones Lidiun (Buenos Aires)
Fecha de edición: 1981-08-14
Extensión: [iv], 232, 4 p.; 11,5x18,5 cm.
Serie: Fantasía y ciencia ficción. Serie Novelas, cuentos y antologías #14
Estructura: [nota sobre el autor <ii>], capítulos sin numeración, [“Series de fantasía y ciencia ficción”, pie de imprenta]
Información sobre impresión:
Este libro se terminó de imprimir · el 14 de agosto de 1981 en los · Talleres Gráficos Litodar · Brasil 3215 - Buenos Aires
Tirada de esta edición: 3.000 ejemplares
 
Información de contracubierta:
Ronin, un experto espadachín, confiado sólo de su habilidad en las artes marciales, es odiado por los guerreros a causa de su independencia. Ellos están luchando por el poder de una lejana ciudad situada en las profundidades de la Tierra. Su existencia depende de ciertas máquinas, gracias a las cuales pueden respirar y mantenerse vivos y que fueron construidas por sus antepasados. Ahora está perdiéndose la memoria de aquel saber, porque han perdido misteriosamente los escritos históricos de los antiguos. ERIC VAN LUSTBADER, el exitoso autor de The Ninja, ha creado una historia que es una búsqueda de la vida bajo la constante amenaza de la muerte.

lunes, 12 de enero de 2026

EL DIABLO COJUELO, de Luis Vélez de Guevara (La Nación)

Título: El diablo cojuelo: novela de la otra vida traducida a esta
Autor: Luis Vélez de Guevara (1579-1644)
Editor: La Nación (Buenos Aires)
Fecha de edición: 1919
Fecha de edición original: 1641
Extensión: 220 p.; 11,5x16,5 cm.: piel
Serie: Biblioteca de La Nación #848
Estructura: ver contenido
Información sobre impresión:
Imp. de La Nación.—Buenos Aires
 
Contenido:
Luis Vélez de Guevara: noticia biográfica y literaria
Bibliografía
Suma del privilegio
Tasa
Aprobación del muy R.P.M. F. Diego Niseno
Aprobación del Padre Fr. Juan Ponce de León
Excelentísimo señor
Prólogo a los mosqueteros de la comedia de Madrid
Carta de recomendación al cándido o moreno lector
De Don Juan Vélez de Guevara a su padre: soneto
Tranco I
Tranco II
Tranco III
Tranco IV
Tranco V
Tranco VI
Tranco VII
Tranco VIII
Tranco IX
Tranco X


Tranco I:
Daban en Madrid, por los fines de julio, las once de la noche en punto, hora menguada para las calles y, por faltar la luna, jurisdicción y término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte. El Prado boqueaba coches en la última jornada de su paseo, y en los baños de Manzanares los Adanes y las Evas de la Corte, fregados más de la arena que limpios del agua, decían el Ite, rio es, cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos, caballero huracán y encrucijada de apellidos, galán de noviciado y estudiante de profesión, con un broquel y una espada, aprendía a gato por el caballete de un tejado, huyendo de la justicia, que le venía a los alcances por un estupro que no lo había comido ni bebido, que en el pleito de acreedores de una doncella al uso estaba graduado en el lugar veintidoseno, pretendiendo que el pobre licenciado escotase solo lo que tantos habían merendado; y como solicitaba escaparse del «para en uno son» (sentencia definitiva del cura de la parroquia y auto que no lo revoca si no es el vicario Responso, juez de la otra vida), no dificultó arrojarse desde el ala del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buharda de otro que estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los pies y la boca a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales naufragios y dejando burlados los ministros del agarro y los honrados pensamientos de mi señora doña Tomasa de Bitigudiño, doncella chanflona que se pasaba de noche como cuarto falso, que, para que surtiese efecto su bellaquería, había cometido otro estelionato más con el capitán de los jinetes a gatas que corrían las costas de aquellos tejados en su demanda y volvían corridos de que se les hubiese escapado aquel bajel de capa y espada que llevaba cautiva la honra de aquella señora mohatrera de doncellazgos, que juraba entre sí tomar satisfacción de este desaire en otro inocente, chapetón de embustes doncelliles, fiada en una madre que ella llamaba tía, liga donde había caído tanto pájaro forastero.
A estas horas, el Estudiante, no creyendo su buen suceso y deshollinando con el vestido y los ojos el zaquizamí, admiraba la región donde había arribado por las extranjeras extravagancias de que estaba adornada la tal espelunca, cuyo avariento farol era un candil de garabato, que descubría sobre una mesa antigua de cadena papeles infinitos, mal compuestos y desordenados, escritos de caracteres matemáticos, unas efemérides abiertas, dos esferas y algunos compases y cuadrantes, ciertas señales de que vivía en el cuarto de más abajo algún astrólogo, dueño de aquella confusa oficina y embustera ciencia; y llegándose don Cleofás curiosamente, como quien profesaba letras y era algo inclinado a aquella profesión, a revolver los trastos astrológicos, oyó un suspiro entre ellos mismos que, pareciéndole imaginación o ilusión de la noche, pasó adelante con la atención papeleando los memoriales de Euclides y embelecos de Copérnico; escuchando segunda vez repetir el suspiro, entonces, pareciéndole que no era engaño de la fantasía, sino verdad que se había venido a los oídos, dijo con desgarro y ademán de estudiante valiente:
—¿Quién diablos suspira aquí?, —respondiéndole al mismo tiempo una voz entre humana y extranjera:
—Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma, adonde me tiene preso ese astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su punta de la mágica negra, y es mi alcaide dos años habrá.
—Luego, ¿familiar eres? —dijo el Estudiante.
—Harto me holgara yo —respondieron de la redoma— que entrara uno de la Santa Inquisición para que, metiéndole a él en otra de cal y canto, me sacara a mí de esta jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú has llegado a tiempo que me puedes rescatar, porque este a cuyos conjuros estoy asistiendo me tiene ocioso, sin emplearme en nada, siendo yo el espíritu más travieso del infierno.
Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de Alcalá, le dijo:
—¿Eres demonio plebeyo, o de los de nombre?
—Y de gran nombre —le repitió el vidrio endemoniado—, y el más celebrado en entrambos mundos.
—¿Eres Lucifer? —le repitió don Cleofás.
—Ese es demonio de dueñas y escuderos —le respondió la voz.
—¿Eres Satanás? —prosiguió el Estudiante.
—Ese es demonio de sastres y carniceros —volvió la voz a repetirle.
—¿Eres Bercebú? —volvió a preguntarle don Cleofás.
Y la voz a responderle:
—Ese es demonio de tahúres, amancebados y carreteros.
—¿Eres Barrabás, Belial, Astarot? —finalmente le dijo el Estudiante.
—Esos son demonios de mayores ocupaciones —le respondió la voz—: demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usura, la mohatra; yo traje al mundo la zarabanda, el déligo, la chacona, el bullicuzcuz, las cosquillas de la capona, el guiriguirigay, el zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado; yo inventé las pandorgas, las jácaras, las papalatas, los comos, las mortecinas, los títeres, los volatines, los saltambancos, los maesecorales y, al fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo.
—Con decir eso —dijo el Estudiante— hubiéramos ahorrado lo demás: vuesa merced me conozca por su servidor, que hay muchos días que le deseaba conocer. Pero ¿no me dirá, señor Diablo Cojuelo, por qué le pusieron este nombre, a diferencia de los demás, habiendo todos caído desde tan alto, que pudieran quedar todos de la misma suerte y con el mismo apellido?
—Yo, señor don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, que ya le sé el suyo, o los suyos —dijo el Cojuelo—, porque hemos sido vecinos por esa dama que galanteaba y por quien le ha corrido la justicia esta noche, y de quien después le contaré maravillas, me llamo de esta manera porque fui el primero de los que se levantaron en la rebelión celestial, y de los que cayeron y todo; y como los demás dieron sobre mí, me estropearon, y así quedé más que todos señalado de la mano de Dios y de los pies de todos los diablos, y con este sobrenombre; mas no por eso menos ágil para todas las facciones que se ofrecen en los países bajos, en cuyas empresas nunca me he quedado atrás, antes me he adelantado a todos; que, camino del infierno, tanto anda el cojo como el viento; aunque nunca he estado más sin reputación que ahora en poder de este vinagre, a quien por trato me entregaron mis propios compañeros, porque los traía al retortero a todos, como dice el refrán de Castilla, y cada momento a los más agudos les daba gato por demonio. Sácame de este Argel de vidrio; que yo te pagaré el rescate en muchos gustos, a fe de demonio, porque me precio de amigo de mi amigo, con mis tachas buenas y malas.
—¿Cómo quieres —dijo don Cleofás, mudando la cortesía con la familiaridad de la conversación— que yo haga lo que tú no puedes siendo demonio tan mañoso?
A mí no me es concedido —dijo el Espíritu—, y a ti sí, por ser hombre con el privilegio del bautismo y libre del poder de los conjuros, con quien han hecho pacto los príncipes de la Guinea infernal. Toma un cuadrante de esos y haz pedazos esta redoma, que luego en derramándome me verás visible y palpable.
No fue escrupuloso ni perezoso don Cleofás, y ejecutando lo que el Espíritu le dijo, hizo con el instrumento astronómico gigote del vaso, inundando la mesa sobredicha de un licor turbio, escabeche en que se conservaba el tal Diablillo; y volviendo los ojos al suelo, vio en él un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas, sembrado de chichones mayores de marca, calabacino de testa y badea de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos colmillos solos, que no tenían más muela ni diente los desiertos de las encías, erizados los bigotes como si hubiera barbado en Hircania; los pelos de su nacimiento, ralos, uno aquí y otro allí, a fuer de los espárragos, legumbre tan enemiga de la compañía, que si no es para venderlos en manojos no se juntan. Bien hayan los berros, que nacen unos entrepernados con otros, como vecindades de la Corte, perdone la malicia la comparación.
Asco le dio a don Cleofás la figura, aunque necesitaba de su favor para salir del desván, ratonera del Astrólogo en que había caído huyendo de los gatos que le siguieron (salvo el guante a la metáfora) y asiéndole por la mano el Cojuelo y diciéndole: «Vamos, don Cleofás, que quiero comenzar a pagarte en algo lo que te debo», salieron los dos por la buharda como si los dispararan de un tiro de artillería, no parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la torre de San Salvador, mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj daba la una, hora que tocaba a recoger el mundo poco a poco al descanso del sueño; treguas que dan los cuidados a la vida, siendo común el silencio a las fieras y a los hombres; medida que a todos hace iguales; habiendo una prisa notable a quitarse zapatos y medias, calzones y jubones, basquiñas, verdugados, guardainfantes, polleras, enaguas y guardapiés, para acostarse hombres y mujeres, quedando las humanidades menos mesuradas, y volviéndose a los primeros originales, que comenzaron el mundo horros de todas estas baratijas; y engestándose al camarada, el Cojuelo le dijo:
—Don Cleofás, desde esta picota de las nubes, que es el lugar más eminente de Madrid, mal año para Menipo en los diálogos de Luciano, te he de enseñar todo lo más notable que a estas horas pasa en esta Babilonia española, que en la confusión fue esa otra con ella segunda de este nombre.
Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólica, lo hojaldrado, se descubrió la carne del pastelón de Madrid como entonces estaba, patentemente, que por el mucho calor estivo estaba con menos celosías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fue de capas y gorras.

ADAPTACIÓN CINEMATOGRÁFICA:
Esta obra de Luis Vélez de Guevara fue llevada al cine por Ramón Fernández en 1971, manteniendo El diablo cojuelo por título. El elenco encabezado por Alfredo Landa (Cleofás Pérez Zambullo), Rafael Alonso (El Diablo Cojuelo), Tere Velázquez (Doña Tomasa de Vitigudiño), Máximo Valverde (Don Juan), Emma Cohen (Doña Flor), Antonio Ferrandis (Ahumadilla), Clementina Alarcón (Doña Inés), Ana María Noé (Celestina), Francisco Piquer (Astrólogo) y Carlos Vasallo (Don Lindo).

viernes, 2 de enero de 2026

EL HIJO DE LA LLUVIA DE ORO, de Josep Vallverdú (La Galera)

Título: El hijo de la lluvia de oro
Autor: Josep Vallverdú (1923-)
Título original: El fill de la pluja d’or (1984)
Traducción: Angelina Gatell
Ilustraciones: Ricard Recio
Editor: La Galera Editorial (Barcelona)
Fecha de edición: d1984
Extensión: 124, 4 p.: il.; 14x20,5 cm.: solapas
Serie: Los grumetes de la galera
ISBN: 978-84-246-7830-2 (84-246-7830-3)
Depósito legal: B. 30672-1984
Estructura: 17 capítulos, [“Hablemos de este libro”, “Las divinidades de los griegos”, índice]
Información sobre impresión:
Impreso por Gersa, I.G.
Tambor del Bruc, 6 Sant Joan Despí (Barcelona)
 
Información de contracubierta:
Zeus quiere demostrar a los humanos que no hay poder alguno superior al del destino. Dánae, privada de libertad por su padre, dará a luz a un hijo concebido del propio Zeus por medio de una lluvia de oro. El hijo de la lluvia de oro, Perseo, matará a Medusa, la peor de las tres Gorgonas, para liberar a Dánae, su madre, de las garras del rey Polidectes, que quiere desposarla contra su voluntad.


Información de solapas:
Josep Vallverdú (Lleida, 1923) fue, de niño, un estudiante aplicado y un lector infatigable, amante de las novelas de acción. Y él mismo escribía cuentos y los ilustraba. Todavía hoy dibuja, trabaja la cerámica y hace esculturas y, con el tiempo, se ha convertido, seguramente, en el escritor más prolífico para chicos y chicas en lengua catalana.
Sus novelas son vivas, rápidas y vigorosas, y situadas casi siempre en el campo o en la montaña, lejos de la ciudad donde —según dice— hay demasiada gente, demasiado humo y cemento. Josep Vallverdú ha obtenido, entre otros, los premios de la C.C.E.I., «Joaquim Ruyra» y «Folch i Torres», éste por dos veces; su novela Mir, el ardilla mereció figurar en la Lista de Honor del premio «H.C. Andersen» de literatura juvenil (IBBY, Praga, 1980); su obra El alcalde Chatarra ganó el premio de literatura de la Generalitat de Catalunya a la mejor novela juvenil catalana de 1981, y su libro Sabiondo y Cola verde mereció el «Premio Nacional de Literatura Infantil» de 1983.
Además de novelas escribe cuentos y artículos de todo tipo. Es autor también de obras de teatro, libros para la escuela, una buena serie de libros de viajes, monografías comarcales... y, aun, de poesía, además de haber visto publicadas, hasta el momento, más de cincuenta traducciones. Vive en el campo, entre plantas, perros y gatos.

LOS GRUMETES DE LA GALERA
es la colección de las novelas galardonadas con el Premio «J.M. Folch i Torres» y de las que, a criterio de la editorial, merecen llegar a todos los chicos y chicas. A todos aquellos lectores que, por la edad, habéis dejado atrás los cuentos para niños y estáis en disposición de leer verdaderas novelas.
En «Los grumetes» encontraréis chicos y chicas como vosotros, con vuestros mismos problemas e inquietudes; encontraréis mundos nuevos y desconocidos; personajes más complicados que los de los cuentos —quizá porque son más reales—; encontraréis viajes prodigiosos y fascinantes... encontraréis, en definitiva, un buen bagaje de experiencias.
En «Los grumetes» hay libros de todas clases: históricos, fantásticos, realistas, poéticos, de aventuras, libros serenos y llenos de ternura, libros de denuncia social... Pero todos interesantes y bien escritos. Y, sobre todo, divertidos. Porque leer un libro es el pasatiempo más divertido. Y leer un «Grumete» significa divertirse leyendo.